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domingo, 1 de noviembre de 2015

Así empieza lo malo | Javier Marías


Cuando dejamos de indagar las verdades que existen detrás de aquello que conocemos y nos quedamos con la realidad aparente de lo que se tiene enfrente, así empieza lo malo y termina lo peor. Cuando nos resignamos con lo que sabemos y no seguimos desentrañando los caminos que ocultan las aparentes verdades, así empieza lo malo y termina lo peor. Cuando nos conformamos y dejamos de indagar, así empieza lo malo y termina lo peor.

En este libro, lo bueno empieza desde la primera página, logrando que las primeras cien sean una lección de redacción. Marías recalca en más de una ocasión el arte propio de saber escribir a la perfección oraciones subordinadas, una tras otra; exigiendo del lector la práctica, en muchos olvidada, de despejar fórmulas algebraicas para resolver incógnitas, pero en el campo de los objetos directos, indirectos y circunstanciales. Sin un fallo. Con maestría.

Una vez que estás rendido a sus labores estilísticas, Marías cautiva con la historia, acercándose al estilo de novela de detectives, pero sin dejar por un segundo su característico estilo de novela intelectual, con personajes eruditos que se jactan de serlo. A la vez, haciendo crecer en el lector la duda de quiénes son y quiénes fueron cada uno de esos personajes.

Y la historia que te cuenta, la historia que te envuelve, trata de Eduardo Muriel, cineasta con renombre que ya no vive su época dorada pero que conserva de ella las relaciones sociales; de su mujer Beatriz Noguera, atormentada; de su amigo Jorge Van Vechten y de su ayudante Juan de Vere, quien es a su vez el narrador y quien recibe del cineasta el encargo de investigar el pasado de Van Vechten y sus posibles vilezas.

Es una gozada de leer.

martes, 15 de enero de 2013

Puedo explicarlo todo | Xavier Velasco


Me encanta Velasco, me encanta. No se merece menos. Cada frase que escribe logra en mí una sonrisita que va de afuera hacia adentro. Quizá me gusta tanto que lo saboreo de más. Habrá (seguro que hay) quien puede comerse una barra de chocolate en dos mordidas y media y en el transcurso de una canción. Yo como una barra de chocolate de poquito en poquito, cuando el chocolate es bueno. Velasco es buen chocolate, sabe su negocio y lo demuestra escribiendo tremendos bodrios que a mí me conquistan desde el aparador de la librería y que ya desde ese momento sé que voy a comérmelos lentamente, bocadito a bocadito, de tres en tres páginas, literalmente, aunque el libro se haga eterno. La eternidad (si está acompañada de buena literatura) se puede dar el lujo de ser infinita.

Velasco escribe en Puedo explicarlo todo, la monería de setecientas páginas que no se pueden leer rápidamente, punto. Necesitas dedicarle muchísimos ratos, siempre cortitos. Cada poco encuentras una frase que es como la avellana en la barra de chocolate. No se encuentra la avellana para deglutirla ferozmente. Los hay que al encontrar la avellana, la muerden, dejan que su sabor explote y luego la tragan. Yo encuentro la avellana y la dejo en la boca. Pongo en pausa el mundo con mi avellana. Pongo en pausa el mundo con la frase sencillita que de tan atinada me hace querer leerla comenzándola, cada vez, desde una letra distinta. Ya hacia el final del libro empiezas a tomar velocidad de vértigo, pero ese logro es poco menos que aprendido, tienes que estar totalmente inmerso en la prosa de Xavier Velasco para llegar a esto.

Los personajes de Puedo explicarlo todo, me parecen, con mucho, menos míos que los de Diablo guardián. Seis Imeldas no logran una Violetta. Me gustan más las mujeres velasquescas que los hombres, pero en esta novela, quizá mi personaje favorito, el que me acompañará felizmente en el recuerdo cada dos por tres, será Isaías Balboa. Me encanta, es terriblemente patético, pero tiene el candor necesario para considerarse a sí mismo un ejemplo de vida. Conozco patéticos sobrados de sí mismos suficientes como para comprender a Balboa y sentir ternura por él. Es un asco de persona, pero luego, es tan encantador y dice las cosas tan bien dichas que es imposible odiarlo.

Norma Eleuteria, Olga Brunilda, Nubia Eduviges y Nadia Rosenda son hermanas, solo aparecen brevemente en el novelón. Y casi suenan irrisorios los nombres, pero siendo hermanas, viniendo los nombres no de la misma pluma sino de los mismos padres, parece que son perfectamente posibles. Estos nombres que casi no aparecen, son los de las hermanas de la casi antagonista del libro Imelda Fredesvinda, todas llamadas horrorosamente, todas hijas de una Obdulia, como cabría esperar. Es encantador pensar que lo que diferencia a Imelda de Norma, Olga, Nubia y Nadia es que ella sí sabe distinguir la mala vida, la mala vida consiste en quedarse a vender aspirinas y kótex en Chiconcuac (pág502). Las cuatro hermanas aparecen poco, ellas viven de su farmacia morelense... Imelda aparece mucho, ella es la que cambia el curso de la familia Gómez Germán.

El personaje central del libro es Joaquín, pero en Joaquín viven un montón de personajes que parece usar según va queriendo o necesitando. Si Joaquín debe vivir escondido, siempre cabe sacar a pasear a sus alter egos aunque así estos le vayan ganando terreno al de carne y hueso. "La diferencia entre tú y yo, mi querido Joaquín, es que te crees cabrón, por perfecto, y yo me creo perfecto, por cabrón. Lástima que no seas tú perfecto, y yo sí sea cabrón." (pág533) Además, Joaquín tiene la cualidad increíble de dominar el concepto de abrazos de vampiro querendón... también estos abrazos los conozco, solo que no me sabía su nombre de pila.

Me gusta tanto la cadencia de la prosa de Velasco que debo confesar que la última vez que lo vi lo encontré hasta guapo. Y es que para hacer honor a la verdad le tendría que decir lo mismo que el doctor Alcalde le dice a su maestro: "Viejo cabrón, me encariñé contigo".

Que siga escribiendo Velasco, que escriba mucho. Sobra decir esto, pues cuando escribe, siempre escribe en dosis de verborrea inacabable. Yo lo seguiré disfrutando, aunque mientras lo lea sepa que el mundo sigue corriendo y que yo, parada frente al anaquel de la librería en la que se exhibe cada nueva novela, estoy, queriéndolo o sin quererlo, comprometiendo las noches de los siguientes cien días.

lunes, 1 de agosto de 2011

Diablo Guardián | Xavier Velasco


Muchísimo por decir... casi todo lo dejaré por el camino. No por falta de ganas ni por falta de tiempo, sino por hacer un ejercicio de congruencia. Considero que el libro de Velasco es una maravilla, pero me parece que le sobran cien o ciento cincuenta páginas a la mitad del texto. En eso consiste mi ejercicio de congruencia, en evitar el palabrerío que evitó evitar Xavier Velasco. Vayamos por partes.

Uno de mis maestros de la universidad insistía que el Quijote era uno de los libros más citados y menos leídos de la literatura en nuestro idioma. Siempre he creído fielmente esa tesis. Yo una vez me arranqué con fuerza para devorarlo y ser de la minoría que sí lo había leído. Ávida de buena literatura vieja llegué al capítulo treinta y ocho del libro primero y me enamoré del capítulo. Me detuve para reflexionar mi enamoramiento por un capítulo de un libro clásico... El libro quedó interrumpido y años después sigue en el mismo estado. No volví, no me dio la gana y acepté que mis probabilidades de seguir siendo de la mayoría (no lectora) del Quijote se habían de mantener. Ahora guardo un enorme cariño por ese capítulo que interrumpió (no sé si para siempre) la lectura de la novela.

Cuando comencé con Diablo Guardián también tuve una interrupción (viaje súbito, libro de aeropuerto, Pig y Violetta descansando en mi casa vacía, en mi buró paciente) y ese cambio brusco de lectura mantuvo al Diablo Guardián muy cerca de sufrir el fenómeno Quijote: la feliz interrupción. No se me malinterprete, interrumpo libros y los retomo constantemente, pero en este caso retomar el libro me costó unos días, muchos días, de preparación. En el primer momento en que me sentí curiosa por saber cómo seguía, salí volando para buscar la página, exprimir la memoria y reencontrarme con los personajes. La cuestión es que ese primer momento tardó en llegar, tardó tanto que yo ya casi casi le daba carpetazo, pero cuando el momento llegó, lo aproveché. Si hubo una seria posibilidad de dejar Diablo Guardián creo que se debe al fenómeno lagunar que pasa en el libro. Y es que el libro es una gozada. La novela empieza estupendamente bien, sigue así por muchísimas páginas y luego entra en una laguna que es muy larga, muy larga, muy larguísima... si sales de la laguna ya estás limpio, seco y fresco y no cuesta ningún trabajo leer de un tirón las últimas doscientas páginas, se van como agua. El problema son las doscientas páginas enlagunadas.

Sin embargo el libro es bueno, muy largo y muy bueno. Una de las características más lindas del libro es que casi podría citarse a ciegas, me explico, abrir el libro en cualquier tramo, posar los ojos en cualquier punto y leer; la cita, sin duda, sería memorable. El libro es un enorme compendio de frases memorables, algunas que llevan a la risa, otras al enojo, casi todas te llevan, con frenesí, al deseo de leer la siguiente frase. Está bien escrito. Es un libro que aun leyéndolo en silencio, se lee a gritos. Es una novela estruendosa.

Rosalba Rosas Valdivia muere para dejar nacer a Violetta Schmidt. Un personaje inolvidable, una quinceañera, dieciseisañera, diecisieteañera, dieciochoañera, diecinueveañera, veinteañera que no putea ni golfea, sino que bitchea con eventuales mariditos maduritos. Es una transgresora que, a veces, se muere de miedo. Sus aventuras empiezan cuando roba ciento catorce mil seiscientos noventa dólares en unas circunstancias muy peculiares. Violetta R. Schmidt Rosas-Valdivia fue una buena compañía en este julio.

Diablo Guardián ganó el premio Alfaguara de Novela en 2003. Yo estaba fuera de mi casa cuando me enteré que un mexicano lo había ganado. Recuerdo su cara y su torpe entrevista; también recuerdo lo que pensé en ese momento: "Seguro es mejor escritor que orador" en esto tuve muchísima muchísima razón. Hace poco lo oí con una periodista hablando de su última novela (que espera paciente su turno de ser leída). En esta segunda entrevista (ocho años después) ya era otro, era uno nuevo; fue, además, un estupendo orador.

Gracias a mi querida hermana mayor por regalarme el libro. Leer la vida de Violetta de los 15 a los 20 es una estupenda manera de celebrar los 30.

miércoles, 13 de julio de 2011

El ruido de las cosas al caer | Juan Gabriel Vásquez


Leer una novela es navegar en ella. Se trata de meter la cabeza y después de haberse zambullido, gracias al arte de lo escrito, poder respirar perfectamente en ese nuevo mundo en el que estás. Una vez aprendido el arte de respirar el aire de esa novela, volver a la realidad y regresar a la novela se vuelve un mecanismo sencillo, se hace con naturalidad. Estás en la novela, interrumpes y estás en la cocina, terminas en la cocina y estás de vuelta en la novela, interrumpes y duermes la noche a pierna suelta, despiertas y vuelves a la novela. Cuando una novela está bien escrita ir y venir es perfectamente gozable. Este libro es un buen ejemplo de esta condición. Vives un mundo bien creado y sales para vivir tu otro mundo, el habitual, el que tú has hecho para ti. La narración de Juan Gabriel Vásquez es, sin duda, estupenda.

Sin embargo -y este sin embargo es para mí enorme y no consigo pasarlo por alto- una tontera, un descuido, mancha la destacable limpieza del texto. Es una bobada, pero la bobada es lo suficientemente grande como para que de pronto el protagonista deje de ser de carne y hueso para convertirse en un personaje de tinta y papel, hechizo, resultado del hada malvada de la inspiración, pero inverosímil. Los teóricos de la literatura siempre han insistido en el punto de la verosimilitud... y en el asunto del embarazo de Aura, ay, Vásquez pierde en un solo párrafo y de un solo golpe toda la verosimilitud que había trabajado durante las primeras cuarenta páginas. Casi al final del primer capítulo de los seis que componen el libro, Aura, la novia/esposa del protagonista, con seis semanas de embarazo, va -con el protagonista incluido- a realizarse una ecografía, es la primera vez que ven a su bebé y la ginecóloga les dice que mide siete milímetros (aquí no hay ay) y también les dice, ay (gran ay), que es una niña y que está perfectamente sana. Lo de la perfecta salud puedo suponer que se refiere a que está en perfecta salud en relación a lo que se espera de un embrión de seis semanas, es decir, que está implantado en un buen sitio de las paredes uterinas de la madre... pero no puedo pasar por alto lo del sexo de dicho embrión, y no lo puedo pasar por alto debido a que en las siguientes páginas machaca terriblemente con el hecho de que ahí viene su hija, su Leticia, su Leticia hecha y derecha... y lo sabe a las seis semanas... Nada, yo soy exagerada o esto es un milagro médico nunca antes visto: en 1995 una ecografía que revela el sexo del bebé varias semanas antes de que este tome forma. En un ultrasonido, cuando el niño o niña se deja ver, el sexo se sabe alrededor de la semana veinte, repito, de la semana veinte; es decir, catorce semanas después (tres meses después) de lo que estipula el narrador. ¿Que se podría perdonar al autor en caso de no tener hijos? No. ¿Que se le podría perdonar por ser hombre y no tener útero? Tampoco. ¿Que se le podría perdonar porque erró por una cosita de nada? Menos. No lo sé, entiendo que para cualquiera que no sepa nada de bebés o embarazos o ultrasonidos el texto no se le haya arruinado un poquito por culpa de un fallidísimo párrafo en la página cuarenta. Pues felicidades a ellos, los envidio, pero no es mi caso. Sin embargo -y esta vez el sin embargo es para mí pequeño pero muy valioso- el tonto fallo no estropea el resto de la lectura. Vuelves a encariñarte con ellos, con los personajes, con lo humanos que son en función de lo que les está pasando.

La historia detrás de la historia del protagonista de esta novela, es la de una amistad frustrada por el asesinato de un compañero de billar. Los entresijos que sigue el protagonista para conocer la historia de su casi-amigo-ya-no-amigo son fascinantes. La historia vale la pena de ser leída, el tema de los pilotos, el de la droga y el narcotráfico (tratado de manera tan abismalmente distinta de lo que se ha leído en el país en los últimos años), el tema de Colombia en general, Bogotá en particular, el amor, la amistad, el pasado, el presente, el futuro. Al texto de Juan Gabriel Vásquez no le falta nada. La historia está completa y está estupendamente escrita, o mejor, estupendamente murmurada. Es casi perfecta.

No obstante, otra vez fallan los números cuando la niña, Leticia, ya nació. Pues si Aura le avisa de sus seis semanas de embarazo cinco días antes de la navidad de 1995 (pág37) y la ecografía tiene lugar el 21 de diciembre (pág40) y la niña nace en agosto de 1996  (pág64) las matemáticas no cuadran cuando escribe "Un día de 1998, poco después de que terminara el mundial de fútbol en Francia y poco antes de que Leticia cumpliera un año de vida, yo estaba esperando un taxi a la altura del Parque Nacional" (pág68). En fin, además de lo ya citado, encuentro otro fallo también respecto a la edad de Leticia más adelante en la narración, pero por cuestiones del desarrollo de la trama mejor lo dejo en mis apuntes personales y no lo comento en este medio. Vuelvo a lo dicho a finales del párrafo anterior, si no fuera por estos pendientes la historia, además de estupendamente escrita, sería perfecta y no casi perfecta.

El ruido de las cosas al caer ganó el Premio Alfaguara de Novela 2011 y hasta antes de abrir la plica que contenía el nombre del autor la novela llevaba otro título Todos los pilotos muertos... Así que puedo asegurar otra cosa más de Juan Gabriel Vásquez, sin lugar a dudas sabe crear buenos títulos.

lunes, 27 de junio de 2011

Tan cerca de la vida | Santiago Roncagliolo


A finales del año pasado la revista inglesa Granta publicó una lista muy curiosa. La lista habrá entusiasmado a muchos y habrá desencantado a otros, a mí me paralizó. Granta enumeraba a los mejores 22 autores hispanoparlantes menores de 35 años. Claro está, me interesé por la lista y empecé a hojear y a hojear y a sufrir y a sufrir. Al terminar la lista comprobé que de los 22 yo no había leído uno y que de hecho solo dos nombres me resultaban conocidos: un peruano y un argentino. El primero Santiago Roncagliolo (la novela de la que había escuchado se llama Pudor) y el segundo Andrés Neuman (conocía, también de oídas, El viajero del siglo). De los otros veinte autores ni sus luces ni sus sombras. El asunto caló hondo en mi orgullo literario y decidí corregir los números a mi favor. Así que empecé por Roncagliolo (pero no por su obra más conocida, sino por la última publicada) y con ella empiezan mis anotaciones en este blog.

Tan cerca de la vida es un libro de ciencia ficción. Considero que la calidad del libro va de menos a más. Al principio parece un intento aldoushuxleysista por presentarnos un héroe solitario en un mundo comido por máquinas y robots, pero conforme avanza el libro, va enganchándote. Es una de esas historias que sin llegar a apasionarte, entretiene un montón. Mucho sexo, tirando a violento. Un poco tediosa la repetición y repetición y repetición del protagonista respecto a sus dudas sobre quién es y qué se espera de él. Sombras de una relación agonizante con su mujer que lo espera en casa. Toda la historia con el protagonista encerrado en una convención sobre inteligencia artificial en Tokio y su poquísimo contacto humano. Una historia de aislamiento, conflicto y duda.

Sí voy a leer más de Roncagliolo, pues a pesar de las carencias en la historia su redacción es estupendamente limpia. Frases perfectas que da gusto leer y saborear y recordar. Quizá la siguiente novela suya que pase por mi buró será Pudor... pero aún no. Tengo otras cosas pendientes antes de volver al peruano.

Antes de terminar, volviendo al tema de la lista de la que hablaba al principio de esta entrada, es interesante ver el número de autores por nacionalidad. El país hispanoparlante con más escritores en la lista de Granta es Argentina con ocho; luego España seis; Perú dos; Chile dos; Bolivia, Colombia, Uruguay y México uno cada uno. En siguientes entradas varios de los nombres de la lista de Granta irán apareciendo en este blog.